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DE QUÉ SE TRATA

Nada de celebración. Nada de reconstrucción más o menos histórica. No. Esto es teatro. Esa ficción que nos acerca intensamente a la vida. Sí, claro que hay referencias a un momento legendario, a personajes o lugares míticos, a un pasado convulso que nos habla en los huesos, que persiste en querer decirnos algo. Pero ninguna pretensión de explicar, de rellenar los huecos, de fantasear un acomodo. El teatro no está para clausuras. Sí para remover, para dar rienda suelta a los muchos desgarros que el episodio pone en movimiento.

 

Los hechos son inertes. Lo que nos concierne, lo que nos interpela,  son los ecos que se agitan a tumbos por los cráneos. Una situación límite, una excepcional concurrencia de conflictos como la que podemos imaginar en la Zaragoza sitiada, podría ser que diese alguna luz a lo que en tiempos menos llamativos nos pasa, sin embargo, cada día. ¿Qué bulle en la trastienda de este nuestro apacible hipermercado cotidiano? ¿Qué trizas de metralla en una buena conciencia? ¿Qué resistencia heroica nos requiere el asedio de un ejército de mentiras criminales?

 

Qué poco entendemos. ¿Qué atacaban los sitiadores? ¿Qué defendían los sitiados? ¿No había, no hay, en cada bando un amo? Los más nobles impulsos ¿no acaban por servir a un señor que perpetúa sumisiones? Y sin embargo ¿no dejan esos nobles impulsos un sedimento de dignidad, una memoria fértil, un margen siquiera donde tratar de seguir escribiendo algunos episodios de un relato verosímil de emancipación? Muchas preguntas. Muy pocas certezas. Seguir acumulando palabras, gestos, danzas, músicas. Una y otra vez. No darnos por vencidos. Juntarnos en el teatro, compartir perplejidades.

 

Mariano Anós

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